Este final de año, quiero compartirte un aprendizaje vital.
Hay momentos en que parece que todo está sumido en el caos.
Cuando no encuentras respuestas a tus preguntas, cuando no puedes ver (ni por asomo) el fruto de tu esfuerzo o dedicación.
Son momentos desierto, momentos de crisis profunda.
Piensas que estás retrocediendo, en lugar de avanzar. Experimentas gran confusión, y no sabes si te has vuelto loca/o, o es el mundo el que está al revés.
Notas una honda soledad, aunque haya gente a tu alrededor. Tal vez, la has sentido estas fiestas.
Es cuando tienes frío por dentro.
La tristeza no viene de vez en cuando, sino que se queda contigo demasiado tiempo.
Las emociones te desbordan, por mucho que trates de controlar la situación.
Es cuando ya no puedes más. Me refiero a esos momentos.
En los procesos personales, a menudo atravesamos el desierto.
La vida nos lo pone delante. En el trabajo, en la familia, en la pareja, en las amistades…
Hay momentos en que todo se convierte en una travesía difícil y opaca a cualquier visión de futuro.
Entonces, pensamos que hemos tocado fondo. Que no vamos a salir de allí, o que no sabemos cómo, ni si vale la pena intentarlo.
Es una muerte. Y morir da miedo. Vivir plenamente, también.
Mi aprendizaje ha sido siempre que la vida nunca se detiene.
Nunca va hacia atrás. Ni se equivoca en ningún movimiento.
Todo ese caos que percibe la mente, es un rompecabezas sabiamente ordenado. Sin embargo, el entendimiento no puede alcanzar la realidad que subyace.
La verdadera transformación no se gesta dentro de un cuadro bucólico.
Es un parto doloroso. Puede ser desgarrador.
Un parto donde hay decepciones, sufrimiento, mucha rabia, contrariedades, inseguridad, ansiedad, estrés, noches en vela, frustración, desgaste, apatía, depresión… Desesperanza.
Tu verdad auténtica y la mía, nacen del lodo, de lo profundo.
Son hijas del abismo interno y la incertidumbre externa.
Por eso, cuando vivas alguno de estos momentos, recuerda que la vida nunca se detiene.
Está haciendo su proceso, de manera sabia y ordenada. Y no trates de entender lo que pasa, ni a los otros, ni siquiera entenderte a ti misma/o.
Puedes, simplemente, sentirte vulnerable.
Puedes no saber, no entender, dejar de exigirte que sea de otra manera. Dejar de exigirle a la vida que te transforme con delicadeza.
Si lo que está por venir te acerca más a ti, no nacerá de un movimiento suave.
Será un terremoto sin aviso, una profunda sacudida.
Te va a confrontar con todas tus zonas de confort (que no son zonas cómodas, sino conocidas).
Te va a expulsar de ellas con la fuerza del huracán, detonando tus resistencias para afrontar los miedos.
La vida quiere que avances hasta tu coherencia interna.
Pero no puedes avanzar sin ser tú.
Sin reconocerte como eres, sin tratarte de manera amable.
Sin quererte lo suficiente.
No puedes avanzar desde el victimismo, la apatía, la inercia de los días y los años.
Te deseo que sepas agradecer todo lo vivido este año, especialmente lo más duro.
Te deseo que la rabia se transforme en coraje.
Y que el coraje se transforme en amor hacia ti misma/o.
Te deseo que confíes en el proceso loco de vivir, a pesar de los autosabotajes mentales.
Que sueltes la cuerda del control, para sufrir menos.
Que te sorprendas de tu propia resiliencia. Que te conviertas en tu mejor amiga/o.
Que te respetes más.
Que te acuerdes de ti, en todo momento.
Te deseo que rescates todos y cada uno de tus sueños, para hacerlos realidad.
Porque la vida es ahora, este momento. No ayer, ni mañana. Eso no existe.
Feliz Año Nuevo en tu corazón.
