Hoy voy a contarte una historia, con final feliz.
Durante mucho tiempo me estresé por encajar. Fue una constante desde niña, porque no lo conseguía.
No me gustaba ir al cole, lo pasaba mal. Allí no encajaba, tenía pocos amigos y pocos de ellos eran amigos de verdad.
La familia es un grupo, también. Siendo la menor de dos, pasé discreta, desapercibida. No comentaba esas incomodidades de la escuela, en casa había otros problemas que atender.
Y el inconsciente familiar operaba en silencio, con patrones heredados que me asignaron el rol de mediar entre conflictos, gestionando los míos en soledad.
Más tarde, de adulta, sondeé involuntariamente los ambientes tóxicos en el trabajo.
Viví acoso laboral por parte de varios jefes, soporté sus desequilibrios traducidos en maltrato psicológico. En cierta etapa, sufrí más mobbing intenso, por parte de muchos compañeros.
Todo este historial de dificultades para encajar en los grupos me llevó a estudiarlos desde fuera, con mirada observadora.
El grupo es un sistema social al que deseamos pertenecer, de manera natural. El instinto primitivo de supervivencia pervive en nuestra memoria.
Estar fuera del grupo, significaba morir.
No solo representaba la muerte física, que también.
Sino la peor de las muertes: la muerte de la aprobación, del reconocimiento.
Significaba la exclusión y la marginación social. Dejar de ser vistos e incluidos.
Atravesar la exclusión, el no encajar, sentirte diferente, habitar la soledad y el aislamiento. Es una muerte en toda regla. Pero después de morir, a veces resucitamos. Como el ave fénix.
Los grupos de trabajo en ambientes tóxicos, las doctrinas familiares que imponen sus voluntades, las relaciones de pareja que tapan tu brillo, las falsas amistades, las comunidades de vecinos donde no hay sangre, pero casi…
Los barrios enfrentados, los pueblos en lucha, los países y los estados rivales.
La humanidad dividida por el odio, bajo el yugo del grupo.
Cuando el grupo es un instrumento de violencia y dominación, al servicio de lo más bajo.
Cuando el grupo no te expande, sino que limita todo tu potencial.
Cuando el grupo te excluye y no te mira a los ojos.
Cuando ahí no puedes crecer, sino solo sufrir tu pertenencia.
Cuando todo esto sucede, lo mejor es morir.
Dejar de luchar por encajar donde no encajas.
Rendirte a la soledad y el aislamiento pasajeros.
Tomarte el café o comer a solas. Darte cuenta de que eso entristece, pero no mata.
Abrazar tu dolor, respirar en él, recordar que aún te tienes a ti misma/o.
Esa amistad tan olvidada, por no saber quién eres. Por buscar tu identidad tantas veces en el grupo.
Morir conscientemente al grupo que no te hace bien. Ése en el que no encajas.
Entonces, el milagro sucede. Cuando te rindes a lo que hay. Solo entonces resurge tu autenticidad, quien eres realmente, lo que quieres de verdad.
Cuando puedes ser tú misma/o, sentirte en coherencia. Esa certeza de la que el instinto de reconocimiento social, quizás te ha privado.
Hoy en día, me encantan los grupos.
Los grupos donde soy yo misma, porque soy libre.
Los grupos con los que resueno y a los que me uno para crecer y expandirme. Los grupos en los que elijo quedarme, porque me aportan y aporto.
Los grupos de personas y profesionales excelentes, a los que tengo el privilegio de acompañar. Escuchar, compartir, vincular, avanzando cada miembro hacia su autenticidad.
Esa es la pertenencia que nos eleva, la que te invito a tomar.
Para ello, dale espacio a lo nuevo.
Deja de forzarte a ser un personaje, a encajar donde no encajas, a ocultar tus talentos.
Retoma el contacto contigo, con todo el amor.
Vuela. Toma altura, perspectiva.
Y disfruta de ser libre.
